Cuando ya no importe – Juan Carlos Onetti

Cuando-ya-no-importe Alfaguara

            CUANDO YA NO IMPORTE

Juan Carlos Onetti. Editorial Alfaguara Literaturas, 1995.

Juan Carlos Onetti (1909-1994) nació en Montevideo, Uruguay. Desde su muy temprana juventud comenzó una carrera como redactor en el semanario Marcha, más tarde trabajó en La Prensa, la agencia de noticias Reuters, las revistas Vea y Lea e Ímpetu. En 1974, a la edad de 65 años, fue encarcelado por la dictadura de Juan María Borbaberry quien le atribuyó acciones subversivas. Cuando se logró su libertad Onetti partió hacia España donde viviría el resto de sus días. Los últimos cinco años de su vida estuvo aislado y postrado en su cama. En esa época escribió el libro que reseñamos en este artículo siendo su última creación. Ha recibido numerosospremios y ha sido reconocido como el escritor que abrió las puertas a la literatura moderna en Latinoamérica.

Cuando ya nadie importe es, al parecer, un libro que solo puede entenderse conociendo la obra previa de Onetti así como el momento en que la escribió. Sin ese contexto lo que puede decirse de la obra es que su protagonista es Carr, un intelectual solitario —identificado con Onetti—  que habita un pueblo sórdido, alicaído, inmoral ydecadente, lugar en el que ha aceptado trabajar huyendo de la angustia de la pobreza. Su trabajo es bien remunerado pero debe viajar con una identidad falsa. Más tarde descubre que su trabajo es una cortina de humo que encubre actos de contrabando. Vive una serie de sucesos extraños o deprimentes que parecen mentiras o invenciones desordenadas. Anota todos estos sucesos en un diario que carece de orden estricto hasta que la vida se le va acabando junto con las páginas del libro. Me atrevería a decir que no es una historia que pueda considerarse extraordinaria. Sin embargo, hay un contexto que añade valor a esta historia. La consideración más importante consiste en recordar que este es el último libro que escribió Onetti. Fue redactado íntegramente mientras él estaba postrado en una cama, dicen que voluntariamente, no lo sé. Pero es cierto que el autor sabía —así lo ha declarado— que después de este libro no volvería a escribir. Esto convierte su libro en una obra de adioses, un libro donde se cierran muchas puertas.

Los críticos han querido encontrar en este libro el testamento de Onetti pero discrepo de esa percepción. Onetti mismo nos lo dice en el prólogo del libro:

“ Serán procesados quienes intenten encontrar una finalidad a este relato; serán  desterrados quienes intenten sacar del mismo una enseñanza moral; serán fusilados quienes intenten descubrir en él una intriga novelesca».

O sea que la obra no persigue un propósito, no pretende dejar una lección y ni siquiera es considerada una creación literaria. No es un testamento porque no quiere legar nada. Entre paréntesis debo decir que la advertencia que acabamos de citar es adjudicada a Mark Twain, quien la habría enunciado en el prólogo de Huckleberry Finn. Que Onetti no lo clarificara parece no ser extraño en él.

A ese párrafo le sigue una nota atribuida a Jorge Luis Borges donde el célebre escritor afirma que realmente no escribe para nadie, excepto para sí mismo. Estos dos elementos confirman, a mi modo de ver, el motivo que inspira a Onetti a escribir este libro: despedirse. Revisar su camino, expresar sus más profundos sentimientos, nombrar sus amores, decirle adiós a su vida.

Veamos entonces de qué o de quién se despide Onetti. De su ciudad natal. En este libro Carr no solo emigra de Monte sino que vuelve a esa ciudad para siempre, antes de morir. Se despide también de su ciudad inventada, aquella donde narró muchas de sus historias —Santa María aquí llamada Santamaría. ¿Por qué sería esta una despedida y no una vuelta al escenario de siempre? Porque a través de la obra la va convirtiendo en un pueblucho, va haciéndola morir (de ahí que cambiara su nombre que es otra forma de matarla). Se despide también de uno de sus personajes más queridos, inventado durante la creación de su literatura, el doctor Díaz Grey. Nuevamente, como en el caso de Santamaría, no se trata de una muestra más de intertextualidad, algo común en la obra de Onetti, sino de la transformación del personaje al cual va degradando paulatinamente. Quizá se despida también de algunos de  los hechos o dichos más importantes creados anteriormente porque repite muchos de ellos, incluyendo algunos que han sido inspirados en su vida real, como por ejemplo, sus inicios en el mundo laboral, la pobreza compartida con su pareja, etc. Ligado a esto está también la mención de algunos de sus autores favoritos,  normalmente no mencionados en otros escritos —Albert Camus, André Gidé, Céline. Se despide también de su destino de escritor cuando Carr habla de su necesidad de escribir y de cómo ha hecho de la mentira su profesión.

Su penúltima despedida es la de una mujer a la que amó, su Lejana, a quien le dedica un hermoso párrafo:

“En la vida de todo hombre normal y maduro hay siempre una mujer lejana. Por la geografía o los días. Nunca volveré a ver a mi lejana. Si vive, pisa un punto de la tierra ignorado por mí. Y si llegara a producirse el milagro, ya marchito, del reencuentro, tampoco te ofrecería mis apuntes como lectura. Tal vez, Lejana, te mostrará el montón de hojas como una avergonzada y lastimosa prueba de que yo he existido en tu ausencia”.

Finalmente se despide de la vida misma al hacer que Carr se enfrente con la muerte:

“Escribí la palabra muerte deseando que no sea más que eso, una palabra dibujada con dedos temblones. No puedo decir que el cuerpo me haya traicionado nunca ni haya reclamado venganza por mis malos tratos. Apenas, en esta etapa comienza a sugerir análisis, palpaciones, compañías químicas. Sé muy bien que terminará rebelándose […] para obligarme a tenerlo en cuenta, justamente cuando ya no importe demasiado […]”.

Sugeriría acompañarlo primero en su apogeo como escritor antes de llegar a este su último capítulo.

¿RECOMENDARÍA LEER ESTA OBRA?

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Acerca de ROXANA ORUÉ

Amo las palabras porque amo a los seres humanos y por medio de ellas me siento en intimidad con quienes escriben o quienes me leen. Compartimos nuestros pensamientos, nuestras dudas, nuestros miedos, nuestros modos de mirar, de decir o de sentir. No puedo decir que leí mucho ni que escribí mucho en mi vida pero puedo afirmar que cuando leí o cuando escribí me entregué por entero a esa relación que existe entre escritor y lector. No hubo nada a medias, me vinculé con cada palabra con la misma intensidad con que vivo cada segundo de mi vida.

Publicado el marzo 30, 2014 en CRÍTICAS y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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