Cuentos de autoamor y autopistas – Camila Reimers

CUENTOS DE AUTOAMOR Y DE AUTOPISTAS

Camila Reimers. Lugar Común Editorial, 2014.

Camila Reimers, escritora canadiense nacida en Chile, es autora de tres novelas: Hijos de lava (2005), Tres lotos en un mar de fuego (2007) y De conventos, cárceles y castillos. Ha escrito numerosos cuentos en español e inglés, destacando la colección Chakra Number Eight: Tales of Humour and Soul (2010) en inglés. Ella es también locutora de radio CHIN Ottawa 97.9 FM a cargo del programa infantil que en 2013 ganó el premio Canadian Ethnic Media Association al mejor programa radial étnico en Canadá. En 2014 uno de sus cuentos fue seleccionado para un proyecto auspiciado por la UNESCO entre los seis mejores cuentos infantiles recibidos a través de cuatro años para el concurso Rainbow Caterpillar Kid Lit Award.

En Cuentos de autoamor y de autopistas volvemos a encontrarnos con la Camila Reimers que ya conocemos, pero con algunas sorpresas a las que ya comienza a acostumbrarnos también. La autora de siempre es aquella que se inquietará por el desafío espiritual que experimentamos los seres humanos cuando queremos encontrarnos a nosotros mismos en el camino que nos toca vivir (es decir, en nuestras autopistas) y aceptarnos y amarnos tal como somos, no como otros quisieran que seamos o como uno mismo quisiera ser (autoamor). La autora que sorprende es la que se aventura a escribir en un nuevo género tan diferente al de la novela: el de los cuentos.

Aunque escribir cuentos está percibido, en general, como un arte más sencillo que el de escribir una novela, lo cierto es que no lo es. El cuento, como la poesía, tiene sus propios destinos, ritmos y tensiones. Cuánto novelista famoso ha sido incapaz de escribir un poema, el arte literario más difícil de lograr a mi modo de ver. En este libro, Camila Reimers se lanzó  a explorar este nuevo mundo literario con nada menos que quince cuentos, lo cual nos habla nuevamente de su versatilidad. Los protagonistas de sus cuentos son mujeres y hombres adultos, jóvenes, niñas y hasta un ser híbrido, imposible de encasillar. Estos personajes le permitirán desarrollar diversos temas: el de dejar de ser alguien, el comenzar a ser alguien, el sufrimiento por no tener lo que se desea, el rendirse a relaciones no sanas por no amarse bien o suficientemente, la liberación de problemas psicosomáticos a partir del volver a nacer, los procesos de desarrollo, la apariencia versus la esencia del ser, la obsesión, la apatía y el miedo.

La autora se aproxima a estos temas de manera enigmática, trastocando los tiempos y haciendo alusiones a la magia, los sueños, las visiones, la meditación, las metáforas, los símbolos y las analogías. Sin embargo, a veces los aborda desde un punto de vista más terrenal, adentrándose acertadamente ─con los límites que permite un cuento─ en la psicología de las personas. Como ejemplos nombremos el enfoque de una relación insana constituida de un «sí, pero no» con el que juega una pareja; el desconcierto infantil frente a la cruda realidad y su ingenua actitud frente al porvenir y aquel hombre obsesionado con hacer hablar a su loro.

Al estilo de una prosa inescrutable se une una aproximación natural en la narración. Esta naturalidad  se presta, cuando menos lo esperamos, al encuentro con el humor: «…mi consejera […] insistió en que el problema no se debía a un desequilibrio hormonal sino a los chakras ─especialmente al número ocho (resueltamente de moda en todos los círculos espirituales)─ pues el pobrecito estaba completamente destartalado». Todo este cuento ─El chakra número ocho─ es, además,  de una gran comicidad lo que nos señala que la autora podría seguir explorando ese camino.

Para complacencia del lector y para resaltar otra cualidad de la escritora encontraremos también momentos de belleza adornando la narrativa: «el viento cobraba fuerza sobre las vastas planicies, meciendo el trigo que me saludaba en un ondular dorado y verde bajo un cielo que se disputaba la perpetuidad con el horizonte» o «Mientras abría la puerta que daba al jardín, el olor a tierra húmeda de primavera traspasó el olfato de Lucía. Las flores brotando de los árboles de damascos y ciruelos, brillaban con las últimas gotas de lluvia en las que ahora se reflejaba el sol».

Es claro que los cuentos de Camila tienen lo que Cortázar llamaba unicidad y esfericidad; es decir ese lugar que se parece a una esfera y en el cual se acomoda una trama que sabe que no debe salir de allí y que tiene muy claro adónde va. Sospecho que esto sucede porque son temas de un sentimiento auténtico que parecen nacer del mundo interno de la escritora. Lo que parece faltarle, sin embargo, es encontrar una manera más clara de comunicar esa experiencia a los lectores, quienes de no haber  vivido algo similar se aturdirán antes de entender esa subjetividad. El ritmo e intensidad serían otras áreas donde la escritora podría explorar su desarrollo profesional. Existe el ritmo, por supuesto (todo lenguaje tiene uno), pero es la misma cadencia suave, relajada, que se repite ─con ligeros matices─ a pesar de las circunstancias o  pese a que el personaje protagonista sea una niña, una mujer o un hombre. Cuando hablo de intensidad me refiero a la tensión, a esa emoción que atrapa al lector irrefrenablemente. A cambio de eso el final de sus historias nos sorprenderá o desconcertará, como muestra de otro de los rasgos positivos que también definen un buen cuento.

Escribir es un arte complejo del que Camila sale triunfante. A veces nos confunde, pero como dice Benedetti, citando a Quiroga: «El cuentista tiene la capacidad de sugerir más de lo que dice». Después de leer estos relatos, volveremos a nosotros mismos para examinar lo que nos dejan sus escritos y, si se requiriera, volveremos a estos para entenderlos y entendernos mejor.

Acerca de ROXANA ORUÉ

Amo las palabras porque amo a los seres humanos y por medio de ellas me siento en intimidad con quienes escriben o quienes me leen. Compartimos nuestros pensamientos, nuestras dudas, nuestros miedos, nuestros modos de mirar, de decir o de sentir. No puedo decir que leí mucho ni que escribí mucho en mi vida pero puedo afirmar que cuando leí o cuando escribí me entregué por entero a esa relación que existe entre escritor y lector. No hubo nada a medias, me vinculé con cada palabra con la misma intensidad con que vivo cada segundo de mi vida.

Publicado el julio 23, 2016 en CRÍTICAS, Sin categoría y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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