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Habana Dura – Jocy Medina

HABANA DURA 

Jocy Medina. Ottawa, 2016.

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Esta autora nació en Buena Vista, un barrio de la Habana, en 1974. Salió de Cuba con apenas veinte años de edad y desde entonces vivió en Kenia, China, México y Canadá, donde reside actualmente con su madre y su único hijo. Sus primeros escritos se dieron a conocer a través de su blog Un pedacito de Cuba. En él se pueden leer desde artículos donde se dan consejos a quienes quieren conocer Cuba hasta capítulos del libro que aquí comentamos y de otras dos obras que aún están en desarrollo: Habana por la libre y Amigos del enemigo.

Con Habana Dura, Jocy Medina demuestra que se acerca a la escritura con personalidad: sabe a dónde va,  tiene una historia que contar y no se pierde en ella, derrocha energía, naturalidad y espontaneidad, muestra con orgullo su identidad cubana, despliega recursos narrativos propios y, como la protagonista de esta novela, intenta con valentía abrirse camino en la vida, esta vez en el mundo de la literatura, mediante la autopublicación de este su primer libro.

A María, la atractiva protagonista de esta novela, la llaman María Mariposa porque sueña con volar. En este intento, a los veintidós años,  huye de Holguín a La Habana y allí empieza su camino para convertirse en mujer. Esto sucede en una particular época de la historia de Cuba, conocida como el Período especial en tiempos de paz o, simplemente, el Período Especial. Este consistió en una serie de restricciones y cambios como consecuencia de una crisis económica derivada del colapso de la Unión Soviétiva en 1991 y del recrudecimiento del embargo estadounidense en contra de Cuba desde 1992. ¿Por qué es importante subrayar esto? Porque durante esos años la sociedad cubana sufrió grandes transformaciones económicas y morales y justo en ese momento, llega María Mariposa a la capital de la isla.

Lo que vivirá María nos dará una buena noción de lo que era la vida en Cuba en los años noventa, época marcada por la adopción de nuevas formas de gestionar el turismo internacional para ganar divisas extranjeras y por el auge del jineterismo (relaciones interesadas con turistas, mayormente de caracter sexual). La novela nos mostrará también la presencia de la economía informal, las limitaciones en los servicios de educación, salud y electricidad y, sobre todo las transformaciones morales (más difíciles de percibir a primera vista, pero no por ello menos importantes). Resulta muy interesante constatar que Jocy Medina nos permite acercarnos a dichos fenómenos casi desapercibidamente, no los analiza, ni siquiera los enumera, simplemente nos los presenta a medida que narra la vida de esa joven.

El foco de la novela, antes que centrarse en los problemas socioeconómicos, apunta a las inquietudes personales de María Mariposa, los obstáculos que se le presentan para alcanzar sus metas, las inesperadas puertas que se le abren en el camino y sus enredos sentimentales; todo esto dicho con una gran medida de autenticidad, sensualidad y erotismo. La sensualidad se refleja en la importancia que la autora da a los sonidos y a la humedad que se impregna en el cuerpo de María, o al juego del viento en su piel o en su ropa, en su sensibilidad ante los aromas, desde los del café o de la comida, los  del perfume de jazmín o de las colonias varoniles hasta el olor a campiña. El erotismo o la violencia sexual ocupan un lugar no menos relevante en esta obra, más aún porque son descritos en forma metafórica eludiendo exitosamente la vulgaridad. Cito algunos ejemplos: «Arrimó la dura ternura masculina» (p. 37), «La escena empuñó un cañón en los pantalones de […]» (p. 66), «Al […] reventar sus acumuladas ganas» (p. 68), «En cuanto desenganchó su anzuelo» (p. 68), etc.

Esas metáforas se encuentran también fuera del área sexual (ej. «[Él] fue a la piscina a soplar un poco de humo a la luna» (p.118)) y confirman el acercamiento que Jocy Medina tiene hacia lo poético, lo cual le da a su escritura un toque muy personal que ella utiliza con sabiduría. Así la encontramos dándole vida a objetos inanimados o, algo más singular aún, uniendo  dos palabras (como el color de los ojos de un personaje con un participio, un sustantivo u otro adjetivo) para expresar a través de esa fusión el estado de ánimo de la persona (ej. El azuldestrozado, el azulherido, el azulhambriento, el azuldescorazonado, el azulcuchillo, etc. de sus ojos) y así sintetizar el discurso. Eso hace una artista, una creadora que no tiene miedo a explorar nuevas formas  de expresión.

Lo que no hace una artista de la escritura es descuidar su herramienta más elemental: la gramática.  Y la autora falla en eso. Se equivoca en la utilización de los tiempos verbales, en la concordancia de estos, en la puntuación de los diálogos, en la precisión del significado y ortografía de ciertos términos, reutiliza algunos vocablos innecesariamente, etc. Escribir es muy difícil y editar también. Como dice Daniel Gascón describiendo la primera regla de Gardner Botsford (exeditor del The New Yorker) en lo que a edición se refiere: lo que no logra el escritor, lo logra el editor si invierte tiempo suficiente. «Uno nunca debe olvidar que editar y escribir son artes, o artesanías, totalmente diferentes. […] Por eso un buen editor es un […] artesano, mientras que un buen escritor es un artista». No le vendría mal a esta escritora trabajar más en este dominio o en hacer multiplicar las revisiones de sus textos. Podría también explorar técnicas literarias para enriquecer su ya declarado talento añadiéndole, por poner apenas un ejemplo, un manejo más complejo de los tiempos, que en este libro son lineales.

Por las venas de Jocy Medina borbotea la sangre de una artista. Nada debe detenerla en su deseo de escribir y regalarnos ese impetuoso y espectacular mundo que vive en ella.

Mario Vagas Llosa – Cinco esquinas

CINCO ESQUINAS 

Mario Vargas Llosa. Alfaguara, 2016.

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Mario Vargas Llosa, novelista, ensayista y dramaturgo nacido en Perú el 28 de marzo de 1936. Ha recibido alrededor de un centenar de premios y distinciones literarias destacando el Premio Cervantes, el Príncipe de Asturias y el Nobel de Literatura. Su libro Cinco esquinas ha sido publicado a la edad de ochenta  años, en el 2016.

Atreverse a decir que una obra literaria de Mario Vargas Llosa carece de arte sería cometer un agravio contra el autor de una de las expresiones más completas de la literatura latinoamericana si no la más completa. Además, sería probablemente imposible o injusto porque no hay obra mal escrita de este escritor que no en vano ha sido laureado con el Premio Nobel de Literatura en el 2010. Lo máximo que podría decirse en ese sentido es que algunas de sus novelas no alcanzan la genialidad de sus mejores obras o que es «tan solo» un buen libro. Y eso es lo que podemos afirmar de Cinco esquinas, que es un buen libro, escrito con propiedad entre otras cualidades. Que al leerlo nuestras expectativas fueran más altas es producto de lo que sabemos que Vargas Llosa puede hacer con las letras, ¿pero no tiene derecho este erudito de la escritura a producir obras «menores»?

La temática de Cinco esquinas va desde lo erótico hasta lo político, pasando por el escándalo social que arma un individuo de la clase alta peruana y el rol que puede jugar la prensa en la vida política de un país. Cualquiera de estos cuatro temas daría suficiente material para escribir una novela, pero Vargas Llosa no explotará ninguno de ellos exclusivamente sino todos al mismo tiempo, aunque dando quizá preponderancia a los temas personales antes que a los de interés socio-político.

¿Cuál es el objetivo central de la obra? ¿Denunciar los inmorales manejos de Montesinos y Fujimori cuando detentaban el poder, resaltar la influencia que puede tener el periodismo en la opinión pública o su repercusión en la vida privada de los ciudadanos o en las decisiones políticas nacionales o simplemente recurrir a lo concupiscente o a lo pecaminoso para entretener o capturar al lector? ¿O todos estos propósitos juntos?

Siguiendo la misma línea argumental, no es posible tampoco precisar quién es el protagonista o la protagonista de la obra. ¿Marisa, cuyas aventuras sexuales ocupan tantas páginas de este libro? ¿Enrique Cárdenas, su esposo, quien en algún momento participa en estas aventuras y quien previamente se ve envuelto en un escándalo que remece a toda la sociedad peruana? ¿Rolando Garro, director de Destapes, o Julieta Leguizamón, la Retaquita, su reportera estrella? ¿O Fujimori y Montesinos quienes directa o indirectamente dan pie o marco a las tramas mencionadas?

El autor ha confesado que, contrariamente a sus costumbres, escribió este libro sin haberle dado previamente un título y que esto derivó en dificultades para determinar el hilo conductor de la narración el cual le parecía huidizo. Esto se siente al finalizar el libro.

Esta novela pudo haber servido de evidencia penetrante de los oscuros manejos políticos en el Perú gobernado por Fujimori, pero qué lejos esta Cinco esquinas de esa aspiración, qué distante de ese gran libro que es La Fiesta del Chivo, en el que se retrata la dictadura de Rafael Trujillo en República Dominicana, qué alejado de proporcionar al lector resultados de una investigación histórica. Obviamente el autor no se lo propuso así.

Vargas Llosa ha afirmado más de una vez que en literatura todo cuenta: el contenido, los personajes, la ortografía, la sintaxis, la elección de las palabras, la puntuación, la técnica literaria, etc. Todo. Consciente de esto, el autor ha cuidado extremadamente estos detalles en cada uno de sus libros. Por eso llama la atención observar algo extraño en esta obra: terminología imprecisa y frases repetidas, no idénticas pero extremadamente similares y no muy distantes unas de otras. Cabe la posibilidad de que las haya escrito con alguna intención que no hemos alcanzado a detectar, pero nos asalta la duda. ¿No estaremos presenciando una nueva etapa de su vida de escritor? La de querer crear, pero sin hacer mayores esfuerzos para hacer su creación un arte edificante. El héroe discreto, escrita en 2013, ya había dejado esa sensación por lo medio banal del tema tratado. Tendremos que leer El sueño del celta, escrita en 2010, para desmentir estas sospechas (se ha dicho que esta obra reúne las mejores virtudes del escritor). Si así fuera, con Cinco esquinas el autor solo estaría tomándose un recreo profesional.

A nivel técnico tampoco ofrece sorpresas. Intercala episodios en cada apartado, a lo cual ya nos tiene acostumbrados, y muestra polifonía de voces casi al final del libro, en el capítulo XX, como quien hace un esfuerzo por no despedirse de esta novela sin hacerle un mejor regalo al lector. Nada más. Y nada menos, hay que enfatizar también. Porque maneja un vocabulario valioso y una gramática excelente, consigue la cohesión de historias paralelas y es capaz de despertar el  interés del lector de manera insuperable haciéndole sentir que está viviendo lo narrado. Empezar el libro es un camino a continuarlo y terminarlo inevitablemente y sin pausa.

Nadie podría adivinar que detrás de esa energía y capacidad de transmitir su sabiduría literaria hay un hombre ya octogenario, quien además no da tregua a su trabajo. Vargas Llosa continúa hablando de sus proyectos profesionales futuros sin hacer la menor alusión al final de sus días, ni en sus escritos ni en su vida privada. Que así sea y que vuelva a sorprendernos despertando otra vez esa gran admiración que sentimos por él.

¿RECOMENDARÍA LEER ESTA OBRA?

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Simone de Beauvoir. La mujer rota

LA MUJER ROTA

Simone de Beauvoir. Editorial Sudamericana, 2002.

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Simone de Beauvoir fue una escritora francesa nacida a principios del siglo XX.  Fue reconocida como filósofa, profesora y autora de siete novelas, ocho ensayos y decenas de otros escritos sobre temas políticos, sociales, psicológicos, literarios y filosóficos. Sus libros suscitaron interminables polémicas por diferentes motivos. El más famoso de todos estos fue El segundo sexo que sirvió de marco mundial para el feminismo ya que en ese tratado hacía un detallado análisis de la opresión de la mujer. Promovió, además, el existencialismo junto a su amante eterno, Jean-Paul Sartre. Su vida se vio rodeada de escándalos por la libertad sexual que promovía, por sus posiciones políticas y por sus propuestas filosóficas; más aún, considerando su condición de mujer en una época en que estas vivían sumisas bajo la tradición patriarcal. Junto a otros intelectuales de la época fundó Les Temps Modernes, revista que difundía el existencialismo a través de la literatura. Su novela Los Mandarines, publicada en 1945, recibió el prestigioso Premio Goncourt.

 La mujer rota es una obra que recopila, en realidad, tres narraciones, de las cuales «La mujer rota» es la tercera de ellas. Las otras dos son «La edad de la discreción» y «Monólogo». En los tres cuentos la protagonista es una mujer y enfrenta el fracaso y dolor en su vida.  Obviamente, la autora utiliza la literatura como medio de denuncia para la condición de vida de la mujer, situación en la que a veces se ve atrapada y sin posibilidad de encontrar una salida ya que todo su estilo de vida la encierra en límites estrechos. El estilo de Simone de Beauvoir es realista, mordaz y crudo. La caracterización de sus personajes es extraordinaria. Enfatiza el desarrollo del mundo interior de estas mujeres antes que el de los sucesos externos que la rodean como mostrando que es desde esa psicología que la mujer se encarcela a sí misma. Sabe tocar los puntos álgidos de las emociones femeninas y como feminista señala sutilmente los conceptos claves que determinan la situación negativa de sus vidas. Técnicamente este libro no muestra ninguna sofisticación ─excepto el uso del llamado flujo de conciencia─ pero el contenido de la obra le da un valor inigualable ya que hacer pasar un mensaje que mucha teoría feminista no sería capaz de transmitir con la misma facilidad y alcanza además, por su calidad de literatura, un público más amplio.

El primero de estos cuentos, «La edad de la discreción», narra las reflexiones de una mujer intelectual que ha llegado a la cincuentena de su vida y enfrenta esa etapa de su vida con inseguridad, angustia, confusión e intolerancia. Una vez jubilada, le cuesta aceptar que tal vez su capacidad creativa esté limitada a pesar de que tiene deseos de hacer nuevas propuestas profesionales. Su marido es derrotista en ese sentido. El recuerdo de su vida y realizaciones pasadas tampoco la ayuda. Físicamente, comienza a transformarse. Su hijo Phillippe, a quien ella ha formado proyectando un destino similar al suyo política e intelectualmente, muestra una nueva faceta en su vida. Se independiza escogiendo una novia que para la madre es esnob y según ella parece saber hacer muchas cosas bien sin tener interés en nada realmente.  Phillippe se va alejando de la figura que creó su madre de él, pierde interés en los proyectos que esta le propone, paulatinamente va abandonando sus compromisos con ella para construir su propia vida. Esta actitud destroza emocionalmente a la madre, la encoleriza y la hace reaccionar de tal manera que la relación entre ellos se deteriora y ella se siente más sola que nunca. Se puede interpretar que para esta madre, su hijo es una extensión de ella misma, y al ver que él no se convierte en lo que  ella hubiera esperado, ella se siente no realizada o traicionada. Tiene que procesar esta nueva situación en forma paulatina. Al mismo tiempo tiene discusiones con André, su esposo. Este se aleja momentánea e involuntariamente de ella. El malestar de ella se acrecienta. Ambos son conscientes de que están envejeciendo y sus conversaciones tocan este tema frontalmente. En general esta historia se inscribe en una atmósfera de sentimientos de pérdida y en un tono desalentador.

En «Monólogo» la protagonista vive sola a sus cuarenta y tres años, está desequilibrada psicológicamente, sufre de problemas de insomnio y está llena de rabia y de desesperación. Su infancia fue difícil y sufrió a violencia de parte de sus padres, algo que ella como madre de Sylvie y Francis nunca hizo. Acusa a su madre y a su hermano Nanard de haber realizado juegos sexuales cuando este era niño, a este de haberse convertido en homosexual y a ella en una puta. Habla mal de sus amigas, de Albert y de Tristan, sus exesposos. Utiliza un lenguaje grotesco para hablar de las experiencias sexuales de sus conocidos. Los acosa telefónicamente. Reniega de todo y de todos los que la rodean. A la vez quisiera volver con Tristan como fórmula de acabar con su tristeza. Lo desprecia y hasta lo odia porque él no acepta regresar con ella. De pronto se descubren las razones de su drama. La hondura de estos sucesos explican muchas de sus reacciones, las que parecen no tener límite. Como ejemplo, cito un extracto del monólogo:

«No soy racista pero me importan un pito los árabes los judíos los negros exactamente como me importan un pito los chinos los rusos los yanquis los franchutes. Me importa un pito la humanidad qué es lo que ella ha hecho por mí me gustaría saberlo. Si son lo bastante estúpidos como para degollarse bombardearse tirarse napal exterminarse no gastaré mis ojos llorando. Un millón de niños degollados ¿y qué? Los niños nunca son otra cosas que semillas de canallas y así se descongestiona un poco el planeta reconocen que está superpoblado ¿y entonces qué? Si yo fuera la tierra me daría asco toda esa gusanada en mi espalda me la sacudiría.»

 Así de fuerte vive esta mujer su vida para la que parece no haber ninguna salida…

 «La mujer rota» es el tercer y último cuento de esta obra. Quizá no el más desgarrador ─el «Monólogo» se adjudicaría este título─, pero sí el más penetrante. Es un diario que empieza un 13 de septiembre para contar la historia de un ama de casa que descubre, después de confrontarlo, que su esposo Maurice, doctor de profesión, le es infiel con una brillante abogada después de veinte años de matrimonio. Esta mujer ha estado toda su vida a disposición de su marido y sus dos hijos, Colette y Lucienne. En su indecisión sobre cómo reaccionar, resuelve guardar la compostura y tratar de ser comprensiva. Conversa con su esposo, recurre al consejo de su entorno y toma como medida la tolerancia bajo el supuesto de que se trata de una aventura pasajera que terminará pronto. Ahí empieza el drama de esta mujer que sueña con ver regresar a su esposo, pero no sabe cómo lograrlo. En un proceso psicológicamente lentísimo el lector vivirá la tortura de la vida de esta mujer quien se resiste a creer que podría quedarse sola el resto de su vida después de habérsela dedicado íntegramente a su familia. Ella se verá degradada como persona a medida que evoluciona esta situación. Por añadidura la protagonista siente que su papel de madre parece ser una frustración ya que considera que no ha hecho feliz a sus hijas. Es decir, que se siente fracasada como esposa y como madre.

Nótese que esta obra fue escrita en 1968, década en que se desarrolla la Segunda Ola Feminista por lo cual viene a ser un remezón para todas las mujeres que vivían en hogares donde las figuras masculinas y femeninas estaban claramente delimitadas y diferenciadas. Entre sus denuncias principales estaban que la educación inculcaba la maternidad y el rol de esposa como medios exclusivos o fundamentales de realización de una mujer, dejando de lado su ser político, profesional e intelectual.

 

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¿Merece Bob Dylan que se le haya otorgado el Premio Nobel de Literatura 2016?

¿MERECE BOB DYLAN QUE SE LE HAYA OTORGADO

EL PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2016?

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Muchas reacciones ha suscitado la controversial y dubitativa decisión de la Academia Sueca de otorgar el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, músico de profesión e ícono de nuestros tiempos. Los comentarios provienen de músicos y letristas tanto como de los escritores profesionales, pero también de los amantes de la música y de la poesía, quienes ─y con todo derecho─ se han sentido invitados a dar su opinión.

Una de las polémicas más reiteradas ha sido la de si la letra de las canciones se puede considerar literatura o no. La discusión ha llevado a una conclusión que para algunos de nosotros era obvia: sí, la letra de una canción puede ser poesía. Sí, algunos compositores de canciones pueden ser calificados de poetas. La historia de la literatura muestra cuán unida ha estado la poesía a la música, ambas dueñas de ritmo y melodía. De hecho, la poesía lírica tomó su nombre en Grecia debido que al declamársela era acompañada por las notas de la lira. En Europa, ¿qué eran los trovadores y los juglares medievales si no músicos y poetas? Queda claro también que no toda canción es poesía y que la música al unirse a letra le da una fuerza especial, pero en ocasiones puede restarle poder a la palabra.

Recuérdese también que la literatura ha existido con anterioridad a la escritura. Se ha creado poesía, cuento, tradiciones, leyendas, mitos, etc. en culturas en las que se desconocía cualquier representación gráfica de la palabra, teniéndose este arte que transmitirse oralmente. Al publicarse en papel, en una manera similar a como la conocemos actualmente, desde hace apenas cinco siglos, la poesía se fue alejando de las multitudes, menos capacitadas o interesadas en leer las palabras que en escucharlas, más atraídas a la música o, mejor aún, en la música acompañada de letra; estructura que parece ser su favorita

Para abrirse un camino que la acerque a la gente nuevamente, la poesía busca hoy formas que no estén ligadas solo a su lectura en papel sino a una declamación que se apoye en la actuación, en el movimiento o en la tecnología. Ejemplos de este esfuerzo son el slam, la videopoesía, la ciberpoesía, la poesía electrónica, la poesía visual, la polipoesía, etc. Bob Dylan no forma parte de este movimiento, pertenece a otra época. Sin embargo, la Academia Sueca le otorga el máximo galardón de la literatura mundial «por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense». La pregunta es entonces ¿cuáles son esas nuevas expresiones poéticas? ¿Y estas contribuciones literarias justifican hacerse acreedor del premio literario más importante de nuestros días?

Bob Dylan ha escrito dos libros. En el primero, titulado Tarántula, utiliza el llamado flujo de conciencia para expresar lo que parece ser la angustia existencial del autor. Fue escrito en 1966 y ha sido considerado ininteligible y un fracaso literario. Para muestra baste un botón: en el capítulo titulado «Pistolas, el libro oral del halcón y el gato con tajo impune» nos dice: «El abogado que lleva un cerdo con una correa se para a tomar un té y se come la rosquilla del censor por error». En su segundo libro Crónicas. Volumen 1., escrito en 2004, le fue mejor. Se trata de una obra autobiográfica donde habla de sus inicios como cantante. Sin embargo, la misma Academia Sueca lo dice, el autor ha sido premiado por la letra de sus canciones, no por la de sus libros.

Es consenso que la trayectoria musical de Bob Dylan lo ha elevado a un lugar mitológico. Esto debido a que innovó la música popular desde la década de los 60 comenzando por sus exploraciones con el folk, y más tarde con otros estilos como el blues, el country, el góspel, el rock and roll, el jazz y el swing. Su creatividad no tuvo límites. Tocando la guitarra, la armónica y hasta los teclados rompió esquemas como solo los grandes artistas pueden hacerlo e influyó en el desarrollo de la música contemporánea como pocos. Dos otras características han contribuido a erigirlo como leyenda: su particular voz nasal y muy especialmente la letra de sus canciones. Aunque esta ha sufrido cambios a medida que Bob Dylan pasaba por diferentes etapas musicales está claro que no ha llegado al lugar que ha llegado solo por su música. Sus composiciones son muy realistas y emotivas. Se ha permitido muchas formas de expresión: la tristeza, la agresividad, el sarcasmo, el humor, la denuncia, la opinión, etc. Su lenguaje a veces ha sido simple y a veces críptico, y ambos han impactado en la gente. Cuando lo entendía porque reconocía vivencias reales. Cuando no lo entendía, y aquí incluyo su periodo surrealista, porque la gente creía identificar en esas palabras sus propias dudas existenciales, sus reflexiones religiosas o sus inquietudes sociales. Eso cambió el rumbo de la canción que se escuchaba hasta entonces, muy alejada de la realidad. Y sí, de ahí que Bob Dylan sea un ícono.

Al respecto bastaría mencionar su asociación inicial con el folk comprometido para darle un alto lugar en la historia de la música contemporánea. Sus canciones acompañaron la lucha por los derechos civiles, protestaron contra las armas nucleares, la guerra, la pobreza, la esclavitud, las injusticias de la ley, etc. Insuperable contenido. También escribió sobre inquietudes religiosas, reflexiones filosóficas y mucho sobre el amor. Algunas de sus canciones han sido emblemáticas como aquella extraordinaria y sencilla poesía llena de contenido social y humano que es Blowing in the wind, o ese tierno y hermoso poema que es Sad Eyed Lady Of The Lowlands. Pero encontraremos también letras tan poco literarias como la de If not for you: “Without your love, I’d be nowhere at all. Oh! What would I do if not for you” («Sin tu amor no estaría en ningún sitio. ¿Qué haría yo si no fuera por ti?») o en Idiot Wind (“Idiot wind, blowing every time you move your teeth. You’re an idiot, babe. It is a wonder that you still know how to breath”) («Viento idiota, soplando cada vez que mueves los dientes. Eres idiota, chica, es un milagro que todavía sepas cómo respirar»).

Más allá del impacto que Bob Dylan haya tenido en muchas generaciones ─difícilmente igualable, hay que reconocerlo─, reclamamos que la evaluación de su contribución poética (y aquella no tan poética), con música o sin ella, pase a competir con la literatura de los escritores que parecían ser los favoritos para recibir el Nobel. Citemos apenas media docena de ellos: Ngugi Wa Thiong’o (Kenia), autor de más de treinta obras (novelas, ensayos y cuentos) donde aborda las tensiones entre blancos y negros y las contradicciones políticas y sociales del continente africano, posición que lo llevó a ser encarcelado y exiliado, presenciar la violación de su mujer y sufrir quemaduras en su rostro, y nos dice, por ejemplo que: «Nuestras vidas son un campo de batalla en la que se enfrentan en una guerra continua las fuerzas que se han comprometido a confirmar nuestra humanidad y aquellos que se determinan en su desmantelamiento»; Ali Ahmed Saïd Esber, Adonis (Siria), poeta con más de veinte publicaciones de fuerte compromiso político, también prisionero, y para quien «frente a la razón, vencida por el oscurantismo y la devastación, queda la poesía»; César Aira (Argentina) autor de más de setenta novelas cortas que cuestionan todo estilo literario y que dan forma a una teoría sobre la estética y el arte, que opina que «la literatura no es algo menor, sino el arte supremo»; Joyce Carol Oates (Estados Unidos), novelista, cuentista, editora y crítica, autora de más de cien libros con una fuerte crítica social: «…nuestras vidas están hechas de vidrio, y no hay nada que podamos hacer para protegernos a nosotros mismos»; Philip Roth (Estados Unidos), autor de más de treinta obras sobre la historia moderna de su país («Rivalidad, competencia, envidia, celos, todo lo malo del carácter humano lo alimenta este sistema») donde retrata la asimilación e identidad de los judíos y examina el deseo sexual y la decadencia del cuerpo y Javier Marías (español), autor de doce novelas y más de cincuenta relatos, donde muestra ─entre otros atributos─ ser un maestro del manejo de los tiempos en cámara lenta y en la descripción («Sabré aguardar como aguarda esa luna insistente»).

De la decisión de la Academia Sueca pueden rescatarse dos consecuencias: la primera, haber generado una gran discusión sobre el significado y el valor de la poesía en nuestros tiempos y la segunda, el silencio de Bob Dylan ante este anuncio, debajo del cual pueden leerse tantas palabras. Como dice un colega mío: «Su silencio… ese que sí merece ser premiado».

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