CONVERSACIÓN EN LA CATEDRAL

CONVERSACIÓN EN LA CATEDRAL

Mario Vargas Llosa. Seix Barral, 1969.

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Mario Vargas Llosa, novelista, ensayista y dramaturgo nacido en Perú el 28 de marzo de 1936. Ha recibido alrededor de un centenar de premios y distinciones de literatura destacando entre ellos el Premio Cervantes, el Príncipe de Asturias y el Nobel de Literatura 2010. Terminó Conversación en La Catedral a la edad de treinta y tres años, después de tres años de arduo trabajo.

Zavalita y Ambrosio conversan en La Catedral, un bar pobre ubicado en Lima. Esta simple oración podría ser el resumen de Conversación en La Catedral, una obra monumental donde en efecto todas las historias se cuentan en ese único espacio y provienen de esa conversación o aluden a ella. Y sin embargo es tanto más. A lo largo de la novela aparecerán una media docena de personajes principales y al menos una treintena de personajes secundarios. Se dice que Vargas Llosa escribió en la primera versión de este libro unas mil quinientas páginas que al final quedaron reducidas a menos de mitad.

No reseñaré la historia de la novela porque adivino que es lo que menos hubiera querido el autor ya que él mismo nos cuenta las cosas dosificadamente. El escritor invita al lector a armar la historia a medida que la lee. Nada es explícito, claro o lineal.  La novela nos va ofreciendo información o pistas de esta y dependerá de nosotros darle la forma final y una total solidez a medida que la leamos.

No detallaré el argumento, pero mencionaré al menos los temas de los que trata, que los hay muchos y todos de interés. De hecho esta novela podría ser analizada desde varios puntos de vista. Primero, desde la visión histórica ya que la novela no solo se ambienta en el Ochenio en que gobernó Manuel A. Odría en el Perú (1948-1956) sino que recrea momentos históricos de la época, hace referencia a personalidades que existieron entonces (aunque disfrazadas con otros nombres) y nos muestra las repercusiones que esa dictadura tuvo en ciertos sectores de la sociedad peruana. Podría apreciársele también desde la óptica política ya que se adentra en los tejes y manejes del poder develando la corrupción que este conlleva, así como ─desde otro extremo─ la lucha política de los movimientos estudiantiles de izquierda. Es también de un valor inconmensurable desde el punto de vista sociológico porque subraya los problemas de racismo, perfila la personalidad de representantes de diferentes estratos sociales y la interacción que se da entre miembros de distintas clases, así como también se refiere a la prostitución, la homosexualidad, la vida en el interior de un medio periodístico, etc. Psicológicamente se introduce en el desolado pesimismo o fracaso de los seres humanos, no ajeno al desmoronamiento moral de un país. Finalmente, de alguna manera nos acerca a la vida del autor quien parece tener en Santiago Zavalita a su alter ego (ambos estudiaron en la Universidad de San Marcos, militaron en filas comunistas clandestinas, trabajaron como periodistas desde muy jóvenes, manejaron relaciones difíciles con sus padres, ambos tuvieron que rescatar a su mascota de la perrera y de ahí entraron a beber algo en el bar La Catedral) así que podría decirse que aun sin ser una obra autobiográfica hace referencia a la vida de Mario Vargas Llosa.

La magnificencia de la obra, sin embargo, no radica solo en esta vasta temática y la manera como estos temas se entrelazan entre sí sino en el cómo lo hacen si lo analizamos desde el punto de vista literario. Y no me refiero a la exquisitez y precisión de su vocabulario sino a lo que, a mi parecer, viene a constituir la parte más valiosa de la obra: el estilo de escritura, la extraordinaria técnica de escritura a la cual dedicaré los siguientes párrafos. Para evitar teorizar sobre el asunto, haré uso de algunos ejemplos que ilustrarán mis apreciaciones.

«Zavalita, te sientas y esa hinchazón en Cuatro semanas sin ver a la mamá, a la Teté. Quién iba a decir que Popeye se recibiría de arquitecto, Zavalita, quién que acabarías escribiendo editoriales contra los perros de Lima. Piensa: dentro de poco seré barrigón». La primera frase incompleta la dice el narrador omnisciente, interrumpido por el personaje principal que piensa sin que nadie indique esto (no hay comillas, nada que lo muestre) y luego se habla a sí mismo, para enseguida pensar nuevamente, esta vez sí mostrándoselo al lector, pero no a través de los indicadores acordados sino a través de la manera que el autor inventa: escribiendo la palabra Piensa: para después agregar lo pensado.

«[…] ahí está Ana, qué te pasa, viene con los ojos hinchados y llorosos, despeinada: se lo habían llevado al Batuque, amor». La primera frase la dice el narrador, la pregunta la hace Zavalita a su mujer (pero esto no se indica con comillas o guiones largos o rayas que muestren diálogo como corresponde), vuelve a hablar el narrador y termina constestando Ana, pero no directamente como cuando su esposo le hizo una pregunta sino a través del narrador, como si este contara indirectamente lo que ella dijo.

«¿Y la niña Teté?», pregunta Ambrosio. «Se casó con ese muchacho que iba a la casa ─dice Santiago─. Popeye Arévalo. El pecoso Arévalo» ¿Qué tiene de particular este diálogo? Así como lo presento, nada. Pero sí es especial. ¿Por qué? Porque la pregunta se hace en la página 17 y la respuesta se da en la 29. Y esta aparece entre una conversación de los padres de Santiago y una intervención del pecoso Arévalo. ¿Qué signifca esto a nivel estilístico? Que escribe por asociación, que superpone tiempos y diálogos, que no sigue el camino de la lógica formal.

Los tiempos, los personajes, el contenido de los diálogos se entreveran y alteran a través de toda la novela. En la página 24, por ejemplo, leeremos el final de este libro sin saberlo. En otros momentos de la narración se intercalarán dos y hasta tres diálogos que ocurren en diferentes épocas, en distintos lugares y entre personajes diversos. Ilustraré esto con un ejemplo (solo la primera intervención se corresponde con la última, las otras dos pertenecen a otros diálogos):

«─Niño, niño ─dice Ambrosio─. Cómo va a decir eso de él, niño.

─Cómo conoces la psicología del cholo, senador ─dijo el senador Landa.

─Ya ves que no está truqueando─dijo Ludovico─. Suéltalo ya

─Pero ya no lo odio, ahora que está muerto ya no─dice Santiago […]»

Este juego de voces no hace más que potenciar la realidad haciendo que el lector se pasee en varios lugares y «toque» a varios personajes en apenas segundos mientras va construyendo la historia de una manera muy compleja. Si tuviéramos que decir algo en contra de esta novela sería justamente que esa complejidad impide saber con claridad lo que está pasando, dónde y quiénes son los personajes que actúan, particularmente en la primera parte de la novela. Sin embargo, el reto intelectual que esto despierta, la sensación de estar construyendo la novela junto con el escritor y de vivirla con tanto realismo lo compensa todo.

Casi cincuenta años después de la publicación de este libro, pocos escritores podrían decir que han aportado tanto a la originalidad  de la literatura latinoamericana. Más aún, Conversación en La Catedral es una obra de arte que enaltece la literatura  mundial.

¿RECOMENDARÍA LEER ESTA OBRA?

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Acerca de ROXANA ORUÉ

Amo las palabras porque amo a los seres humanos y por medio de ellas me siento en intimidad con quienes escriben o quienes me leen. Compartimos nuestros pensamientos, nuestras dudas, nuestros miedos, nuestros modos de mirar, de decir o de sentir. No puedo decir que leí mucho ni que escribí mucho en mi vida pero puedo afirmar que cuando leí o cuando escribí me entregué por entero a esa relación que existe entre escritor y lector. No hubo nada a medias, me vinculé con cada palabra con la misma intensidad con que vivo cada segundo de mi vida.

Publicado el marzo 27, 2016 en CRÍTICAS, Sin categoría y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Fascinada por la novela leo con interés las críticas.Gracias por su ayuda para comprender aspectos estilisticos

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