Paraíso a lo cubano – Jocy Medina


PARAÍSO A LO CUBANO

Jocy Medina. Gatineau, 2017. Autopublicación.

Jocy Medina nació en Buena Vista, un barrio de La Habana, en 1974. Salió de Cuba con apenas veinte años y desde entonces vivió en Kenia, China, México y Canadá, país este último donde reside actualmente con su madre y su único hijo. Sus primeros escritos se dieron a conocer a través de su blog Un pedacito de Cuba. En él se pueden leer desde artículos donde se dan consejos a quienes quieren conocer Cuba hasta capítulos de sus libros Habana Dura y Paraíso a lo cubano.

«Por las venas de Jocy Medina borbotea la sangre de una artista. Nada debe detenerla en su deseo de escribir», decía el último párrafo del artículo donde comenté Habana Dura ─el primer libro de la autora. Hoy suscribo esas palabras, y lo hago porque la escritura de Jocy Medina está llena de energía, transmite una dinámica que fluye sin tropiezos, nos muestra la percepción del cubano común y corriente acerca de la Cuba del Periodo Especial así como aspectos de la religión yoruba, tiene una trama clara de donde la autora casi no se desvía y si bien maneja un lenguaje cotidiano, en ocasiones lo trasciende para ofrecernos también metáforas o simplemente la originalidad con que puede describirse cualquier hecho cotidiano. La autora logra todo esto y no es poco.

La obra trata de una joven veinteañera llamada Dalia Salinas, una chica del barrio de Buena Vista apodada la Chica Mermelada a raíz de que su abuela Rosa —mujer que hace de madre para Dalia— gana dinero vendiendo mermelada a sus vecinos. Dalia no estudia ni trabaja ni tiene claro qué desea hacer en la vida. No lleva una vida social agradable y apenas se interesa por el vóleibol. Su vecino, un buen amigo llamado Pedro, merodea alrededor de su vida. Y Waldo. Este es un general del ejército que trabaja para el Departamento de Seguridad del Estado. Además, es responsable de vigilancia, lo que significa que le corresponde informar sobre cualquier acto expresado por los ciudadanos en contra el sistema político. Es un hombre casado y tiene un hijo, casi le duplica la edad a Dalia, pero vive obsesionado con hacerla su mujer. Son vecinos, lo cual facilita su proyecto de conquistarla, pero en realidad él no necesita facilidades porque no reconoce límites físicos ni morales para lograr su propósito. La vida se encargará de responder a tan tremenda obcecación de manera proporcionada. Es de interés la mención del Comité de Defensa de la Revolución (CDR), organismo establecido en cada cuadra para vigilancia y control de los ciudadanos. Una docena o más de ellos conforman el Comité de Zona. Entre el control y las carencias, los cubanos se las tienen que ingeniar para sobrevivir. Cuando la situación económica apremia a Dalia, esta busca salidas sin mucho éxito. El amor comienza a inquietarla y a presentarse como una solución potencial para el estancamiento de su vida.

En términos generales así se resume la historia de este libro, la cual puede verse desde dos perspectivas. Por un lado, nos ofrece la oportunidad de familiarizarnos con la vida de Cuba desde su propio suelo, alejarnos de la mirada del analista político o del turista para observar la vida de una familia que si bien no es típica, es al menos representante de algunos ciudadanos comunes y corrientes de ese país. Ciertos aspectos pueden serle conocidos al lector latinoamericano, pero no basta haber visto de cerca o haber sufrido la pobreza para entender la vida de la isla; para comprenderla hay que haber vivido allí. Jocy Medina puede dar testimonio de ello porque nació y vivió en Cuba, y vuelve a ella cada vez que puede. A través de su narrativa, Cuba se vive no solo en los espacios o en las expresiones lingüísticas propias del lugar, sino que nos hace experimentar lo que es no poder pensar con libertad ni mucho menos decir lo que se piensa. A través de la protagonista se siente esa sensación de no saber qué hacer con nuestras vidas, ese pesar de no encontrar el rumbo. Se recuerda la frustración de no ver los frutos de nuestros esfuerzos porque la sociedad no nos ayuda a hacer realidad nuestros sueños. Es patético sentir que Dalia camina horas tocando la armónica (filarmónica en términos cubanos) para brindar servicios que nadie puede pagar. Los ojos y oídos vigilantes de los encargados de controlar a los ciudadanos y los peligros que esto conlleva limitarán los actos religiosos, los lugares que se puedan visitar, la comida que se lleve a la boca, los amores que una persona se pueda permitir, etc. Toda la libertad estará afectada, y el argumento del famoso libro 1984 dejará de ser una metáfora para convertirse en realidad a través de un monstruo silencioso que parece mirarnos a cada paso.

Por otro lado, el hecho de que los dos libros que ha escrito Jocy Medina tengan como protagonista a una bonita joven veinteañera muy conocida por su sobrenombre, que ambas vivan en la época del Periodo Especial, que enfrenten grandes obstáculos para salir adelante, que se relacionen sentimentalmente con hombres extranjeros y que, en cierta manera, vean en su unión con un hombre la mejor manera de enrumbar su vida nos hace cuestionarnos la capacidad imaginativa y creativa de la escritora. Ambos libros se parecen en la esencia.

Hay un doble desenlace en la obra, uno de amor y otro de odio, ambos poco creíbles. En el primer caso no porque la historia parezca irreal sino por la falta de elaboración de la relación sentimental de la pareja. En el otro desenlace, el del desamor, el final se parece al de un cuento infantil que hasta incluye una moraleja. Es una historia poco convincente desde el punto de vista familiar, moral, policial o de la criminalística.

El cambio de editor hizo que la obra de Jocy Medina mejorara sustancialmente en la puntuación de los diálogos y de las citas. Sin embargo, a su nuevo editor, Joaquín Nuñez Quincot, se le escaparon otras faltas. Persisten los errores a nivel de ortografía (por ejemplo, dejó pasar la palabra callera en lugar de cayera, pág. 35; si en lugar de cuando se afirma, págs. 49, 72, 74, etc.; asechar en lugar de acechar, págs. 50 y 125; frio en lugar de frío, págs. 52 y 103; descocidos en lugar de descosidos, pág. 91; lijera en lugar de ligera, pág. 129; consiente en lugar de consciente, págs. 193 y 200; etc.), los errores mecanográficos, los de maquetación, algunos en las notas de pie de página, la omisión de palabras imprescindibles, etc. Esto nos enfrenta a la clásica pregunta literaria sobre qué importa más cuando se escribe, ¿el fondo o la forma? Respondo junto con Vargas Llosa, quien ha afirmado repetidamente que en literatura todo cuenta: la historia, los personajes, la ortografía, la sintaxis, la elección de las palabras, la puntuación, la técnica literaria, etc. Todo. Jocy Medina tiene grandes cualidades para escribir, pero si le interesa progresar va a tener que reflexionar sobre los aspectos formales de su obra. Como le decía a ella, escritores los hay de todo tipo, pero los mejores autores no escogen desarrollar una de estas áreas, sino que trabajan en todos los ámbitos: tocan el corazón, el espíritu o el intelecto del lector (o mejor aún, los tres al mismo tiempo) a la vez que buscan la excelencia en la forma de narrar. Ese es el reto de este arte tan complejo que es la literatura. Jocy Medina cuenta con talento para conquistarlo, pero solo a ella le compete decir a qué nivel quiere llegar. El futuro nos lo dirá.

Acerca de ROXANA ORUÉ

Amo las palabras porque amo a los seres humanos y por medio de ellas me siento en intimidad con quienes escriben o quienes me leen. Compartimos nuestros pensamientos, nuestras dudas, nuestros miedos, nuestros modos de mirar, de decir o de sentir. No puedo decir que leí mucho ni que escribí mucho en mi vida pero puedo afirmar que cuando leí o cuando escribí me entregué por entero a esa relación que existe entre escritor y lector. No hubo nada a medias, me vinculé con cada palabra con la misma intensidad con que vivo cada segundo de mi vida.

Publicado el julio 1, 2020 en CRÍTICAS y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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